Este espacio es para rememorar a uno de los escritores más originales de la literatura colombiana Andrés Caicedo
Moriste donde naciste en tu calicalentura un 4 de marzo de 1977, a la edad de 25 años, ya lo habías dicho en tu obra ¡Que viva la música! “vivir más de 25 años es una insensatez”, por eso te suicidas con sesenta pastillas de Seconal. Caicedo consideraba que debía dejar el mundo antes de pasar los veinticinco años, pero habiendo dejado una prueba de su existencia como forma de trascender. Cali fue tu escenario, tu inspiración de la realidad social, “Maldita sea, Cali es una ciudad que espera pero no le abre las puertas a los desesperados… donde todos nos enrumbamos para luego derrumbarnos”.
Una
generación de jóvenes llegó a leerte y a identificarse con tus cuentos, tus
relatos, tus novelas y tus obras teatrales, pero en si, por ti mismo, por tu
urgencia de vivir, escribir, leer y ver. Fuiste la voz de una época, tus
personajes-adolescentes todos- se pasean por sus libros llenos de desesperanza,
cierta dosis de dulzura y mucha tristeza, pero moviéndose, con el aliento de la
calle, la bulla, los deseos insatisfechos.
"Caicedo era fiel a sí mismo, a una visión adolescente de su
ciudad y a una manera de vivir. Su muerte no fue pura pose, fue una respuesta
trágica a su modo de ver la vida".
La producción intelectual de Andrés Caicedo
empezó desde los 10 años. A finales de los sesenta se conocieron sus primeras
piezas dramáticas: La piel del otro héroe
y Recibiendo al nuevo alumno; al
mismo tiempo montó piezas como: La noche
de los asesinos, de José Triana y Las
sillas, de Eugenio Ionesco; sus primeros cuentos aparecieron en los
suplementos dominicales de los periódicos de Cali. Consumado cinéfilo, además
de ser un precursor de diferentes movimientos culturales como el grupo
literario los Dialogantes, el Cineclub de Cali y la revista Ojo al Cine. Consignó
su experiencia como espectador de cine en artículos de prensa aparecidos en El Diario de Occidente y El Pueblo, de
Cali; y después comenzó a publicar la revista Ojo al Cine, que, con cinco
números, se convertiría en 1974 en la revista especializada más importante del
país. En 1969 fue ganador del segundo premio del Concurso Latinoamericano de la
Revista Imagen de Caracas con el cuento "Los
dientes de Caperucita". En 1974 viajó a Estados Unidos, se dedicó a
ver cine, comenzó a escribir ¡Que viva la música!, inició un diario que
pretendía convertir en novela (Pronto:
Memorias de una cinesífilis), y profundizó su afición por la música (blues
y rock, especialmente los Rolling Stones). Regresó a Colombia y en 1975, con el
patrocinio de su madre, publicó el relato El
atravesado. Siguió escribiendo compulsivamente y entregó a Colcultura la
versión final de ¡Que viva la música!
para su publicación.
"En que viva la música retratas al adolescente que
fuiste, al desgraciado que has sido, al melómano que eres, al desenfrenado que comienzas a ser,
al vampiro que sientes, a la ansiedad que no se llena, en otras palabras te
reflejas y tu reflejo refleja a todos los adolescentes de todas las épocas"
Harto conocidas en la obra de
Caicedo son también las influencias de Edgar Allan Poe y Howard Phillips
Lovecraft. que alimentan particularmente su pasión por lo macabro y lo grotesco;
y un poco menos conocidas son sus lecturas de Nataniel Hawthorne, Hermann
Melville, Malcom Lowry, Henry James, James Joyce y Flanery O’Conor; lecturas
que complementa su fanatismo por el cine, el rock y la salsa para crear un
universo particularísimo inscrito en la ciudad de Cali. Alfred Hitchcock, Luis
Buñuel, Roman Polanski, François Truffaut, Nicholas Ray, John Huston, Robert
Aldrich, Roger Corman, Ingman Bergman y Jerry Lewis están entre sus cineastas
favoritos; así mismo, es un hecho bastante conocido entre sus lectores y fans,
que Caicedo había coleccionado todos los álbumes de los Rolling Stones y que
cultivaba una devoción similar hacia The Beatles. Otros rockeros influyentes en
su obra son Eric clapton y su banda Cream, Janis Joplin, Bob Dylan y The
Animals.
A pesar de su temprana muerte, Caicedo dejó un gran legado a la literatura colombiana, el cual se puede ver reflejado en la obra de autores como Manuel Giraldo 'Magil', Octavio Escobar Giraldo, Rafael Chaparro Madiedo y más recientemente Efraím Medina y Ricardo Abdahllah. El grupo de teatro Matacandelas de Medellín ha presentado durante años la obra Angelitos Empantanados, basada en los cuentos homónimos del escritor.
"Para Andrés madurar era pues sinónimo de vejez; su suicidio es precisamente no querer ser maduro, es decir, morir con las ideas vigentes. Por eso, le puso fecha a la muerte, que no es trágico, porque vivió luchando. Se mato luego de recibir el primer y único libro que publico con más de 50 pastillas, una carta de amor a medias y mucha tristeza"
Mira el siguiente vídeo para que escuches algunos de sus pensamientos....
Si los libros eran su resorte
para vivir, el cine era como el aire, la vida misma. Andrés vio mucho, pero
mucho cine. Tanto que, medio en broma, medio en serio, se declararía infectado
por la cinesífilis, o sea, el virus del largometraje. A demás de ver, escribió
cuidadosas críticas, con un rigor religioso. Veía para escribir. Trataba de
devorarlo todo para luego sumergirse a la soledad de su máquina d escribir.
Lo que Andrés quiso fue vivir… Nos deja su aliento, por sentir, devorar, por echarse a los abismo, con temor sí, pero con mucha pasión… pasión que Caicedo templó antes de morir… esa pasión por sentirlo todo. Lo segundo y, lamentablemente ultimo, es que, no hay modo, la voz de Andrés es urgente, por eso, no hay que pasar más tiempo sin leerlo..




